¿Y si nuestros perros pudieran elegir? El día que entendí que mi perro apenas decide nada
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Reflexionar sobre la autonomía de los perros es, quizás, una de las formas más profundas de aprender a respetarlos.
Hay una pregunta que resulta incómoda, tan incómoda que probablemente muy pocos nos la hacemos: ¿Cuántas decisiones toma realmente un perro sobre su propia vida?
La respuesta, si somos completamente honestos, es desalentadora: muy pocas, o quizá ninguna.
Imagina que mañana te despiertas y descubres que otra persona ha organizado absolutamente todo tu día. Decide a qué hora te levantas, cuándo sales de casa, qué vas a comer, a qué hora lo harás, cuánto tiempo puedes pasear, qué camino recorrerás, con quién puedes relacionarte, cuándo termina la conversación, cuándo vuelves a casa, dónde puedes descansar, qué actividades harás, cuándo podrás jugar, cuándo debes dejar de hacerlo… Y mañana volverá a ocurrir exactamente lo mismo. Pasado mañana, también. Durante toda tu vida.
Ahora añade un detalle más, la persona que toma todas esas decisiones te quiere profundamente y tú también la quieres a ella. ¿Hace eso que la situación deje de ser una pérdida de autonomía? Probablemente no.
Sin embargo, es exactamente así cómo viven la inmensa mayoría de los perros que comparten su vida con nosotros. No porque seamos malas personas y no porque queramos controlarles, sencillamente porque así hemos construido la convivencia. Y quizá por eso rara vez nos detenemos a pensar en ello.
Una vida completamente decidida por otros
Cuando hablamos del bienestar de un perro solemos pensar en alimentación, en ejercicio, en atención veterinaria, en juguetes, en una cama cómoda, en educación. Todo eso es importante, pero existe un aspecto del que apenas hablamos: la capacidad de decidir.
Porque prácticamente todas las decisiones importantes de la vida de un perro las tomamos nosotros. Elegimos dónde vive, con quién vive, cuándo sale, cuánto dura el paseo, si hoy hay paseo largo o corto, qué arnés llevará, qué correa utilizará, si podrá correr, si podrá explorar, si tendrá que caminar deprisa porque nosotros llegamos tarde.
Elegimos cuándo puede comer, qué come, cuánto come, qué premios recibe, cuándo juega, con qué juega, cuándo termina el juego, cuándo puede subir al sofá, cuándo debe bajar, cuándo puede saludar, cuándo debe ignorar, cuándo toca descansar. Incluso decidimos cuándo es el momento adecuado para hacer sus necesidades o cuando le podemos dar un beso o un abrazo.
Nos resulta tan normal que apenas lo percibimos, pero si observamos la situación desde fuera, resulta llamativa. Un perro doméstico probablemente sea uno de los animales con menor capacidad para decidir sobre los aspectos cotidianos de su propia vida y, aun así, la inmensa mayoría sigue recibiéndonos cada día moviendo la cola.
El amor no elimina la dependencia
Ese es quizá uno de los mayores regalos que nos hacen y también uno de los mayores riesgos. Porque el cariño incondicional de nuestros perros puede hacernos olvidar hasta qué punto dependen de nosotros.
Dependen de nosotros para beber, para comer, para salir, para relacionarse, para descubrir el mundo, para sentirse seguros, para descansar, para recibir atención, para satisfacer prácticamente cualquier necesidad.
Es una relación profundamente asimétrica y eso no significa que sea injusta, significa que implica una enorme responsabilidad. Porque cuando una de las dos partes posee casi toda la capacidad de decisión, tiene también la obligación de preguntarse constantemente si está utilizando ese poder pensando en el bienestar del otro.
No basta con querer mucho a un perro, también debemos aprender a escuchar lo que necesita, aunque no utilice palabras.
La autonomía también forma parte del bienestar
Durante muchos años, el bienestar animal se entendía como la ausencia de sufrimiento. Que el animal no pasara hambre, que no sintiera dolor, que estuviera protegido… Hoy sabemos que eso es solo una parte de la historia.
Cada vez más investigaciones en etología y bienestar animal hablan de un concepto fundamental: la agencia. Es decir, la capacidad de un individuo para influir sobre su entorno mediante sus propias decisiones.
No significa hacer siempre lo que uno quiere, significa tener la posibilidad de elegir algunas cosas. Porque elegir reduce la frustración, reduce el estrés, favorece la motivación y aumenta la sensación de control sobre la propia vida.
No es casualidad que muchos zoológicos modernos hayan dejado de centrarse únicamente en ampliar recintos, ahora buscan también ofrecer oportunidades de elección. Que un animal pueda decidir dónde descansar, qué ruta recorrer, qué objeto investigar primero, cuándo acceder a determinados recursos. Porque el bienestar no depende únicamente de lo que ofrecemos, también depende de cuánto puede participar el propio animal en su vida cotidiana y nuestros perros no son una excepción.
La obediencia no siempre significa bienestar
Existe una imagen de perro que durante décadas se ha considerado ejemplar. El que nunca protesta, el que siempre sigue, el que nunca cuestiona, el que obedece inmediatamente. el que parece no necesitar absolutamente nada. Pero quizá deberíamos hacernos otra pregunta: ¿Ese perro está tranquilo o simplemente ha aprendido que decidir nunca cambia nada? La ciencia conoce desde hace décadas un fenómeno llamado indefensión aprendida.
Aparece cuando un individuo experimenta repetidamente que sus acciones no modifican el resultado de lo que ocurre a su alrededor y con el tiempo deja de intentarlo. No porque todo esté bien sino porque ha aprendido que no tiene capacidad para influir.
No significa que todos los perros obedientes vivan esta situación, ni muchísimo menos. Hay perros seguros, felices y perfectamente educados, pero también existen perros cuya aparente calma es, en realidad, resignación. Y desde fuera ambos pueden parecer exactamente iguales.
Por eso la educación respetuosa no persigue únicamente enseñar respuestas, persigue comprender emociones. Porque un perro que obedece siempre no necesariamente está disfrutando de la experiencia y un perro que expresa una preferencia no necesariamente está desafiándonos, quizá sencillamente está intentando participar un poco más en su propia vida.
No se trata de dejarles hacer lo que quieran
Llegados a este punto suele aparecer una objeción: «entonces habrá que dejar que los perros hagan siempre lo que quieran.» No.
La convivencia no funciona así. Los perros necesitan límites, normas, seguridad y necesitan que tomemos decisiones por ellos cuando existe un riesgo. Sería irresponsable dejar que eligieran cruzar una carretera solos, o perseguir cualquier animal, o comer aquello que encuentran en el suelo.
La cuestión no consiste en renunciar a nuestro papel como guías, consiste en preguntarnos si, dentro de ese papel, podemos dejar espacio para que también participen.
Y la respuesta casi siempre es sí, podemos dejar que elijan qué camino recorrer durante unos minutos, qué olor investigar con calma, qué juguete prefieren hoy, si desean descansar antes de continuar, qué premio les resulta más motivador, con qué persona quieren interactuar, si realmente desean saludar a otro perro.
Podemos permitirles explorar un poco más, olfatear un poco más, observar un poco más, porque muchas de esas pequeñas decisiones apenas cambian nuestro día, pero sí pueden cambiar el suyo.
Preguntar más y ordenar menos
A veces pensamos que convivir con un perro consiste en darle instrucciones como ven, siéntate, quieto, vamos, suelta, no… Y, por supuesto, todas ellas tienen su utilidad, pero quizá la convivencia también podría incluir más preguntas.
- ¿Qué necesitas ahora?
- ¿Quieres seguir por aquí?
- ¿Prefieres descansar un momento?
- ¿Te sientes cómodo con esta situación?
- ¿Necesitas más distancia?
Aunque las respuestas nunca lleguen mediante palabras, llegan mediante el cuerpo, la velocidad del paseo. la postura, la cola, la mirada, la respiración, la tensión muscular, las pausas, los bostezos, las ganas de explorar, los intentos de alejarse, los acercamientos voluntarios…
Nuestros perros llevan toda la vida respondiendo, la cuestión es si nosotros estamos aprendiendo a escuchar.
El privilegio de decidir por otro
Compartir la vida con un perro es un privilegio enorme, pero también implica algo que pocas veces verbalizamos. Tenemos un poder inmenso sobre alguien que confía plenamente en nosotros y todo poder debería ejercerse con humildad.
Porque nuestros perros no eligieron la ciudad donde viven, no eligieron nuestro horario de trabajo, no eligieron quedarse ocho horas solos, no eligieron mudarse, no eligieron el coche, no eligieron la familia, no eligieron las vacaciones, no eligieron cambiar de casa, no eligieron la clínica veterinaria, ni siquiera eligieron vivir con nosotros.
Fuimos nosotros quienes los incorporamos a nuestra vida. Precisamente por eso la responsabilidad también es nuestra.
No únicamente la de alimentarlos o protegerlos, también la de construir una vida donde puedan expresar comportamientos naturales, sentirse escuchados y participar, aunque sea en pequeñas decisiones cotidianas. Porque querer bien a alguien también consiste en preguntarse cómo se siente viviendo la vida que nosotros hemos diseñado para él.
Quizá la pregunta nunca fue si nos quieren
Los perros nos quieren de una forma extraordinaria. Nos esperan, nos buscan, celebran nuestra vuelta, confían en nosotros incluso cuando no entienden muchas de las decisiones que tomamos. Pero quizá la pregunta importante nunca ha sido cuánto nos quieren ellos, la pregunta es otra: ¿Estamos construyendo una vida en la que ellos también tengan voz?
No una voz humana, no una capacidad para decidirlo absolutamente todo, sencillamente una oportunidad para influir, aunque sea un poco, en aquello que viven cada día.
Porque la convivencia no consiste únicamente en compartir una casa, consiste en compartir decisiones. Y cuando una de las dos partes no puede hablar, la otra tiene la obligación moral de escuchar todavía mejor.
Tal vez nunca podamos ofrecer a nuestros perros una vida completamente libre. La sociedad no lo permite, la ciudad tampoco. Pero sí podemos ofrecerles algo mucho más realista. La posibilidad de elegir siempre que sea posible, de explorar cuando no existe prisa, de decir «hoy prefiero no acercarme», de detenerse unos segundos más en un olor que para nosotros no significa nada y para ellos cuenta toda una historia. Puede parecer un gesto insignificante, pero quizá esos pequeños espacios de autonomía sean una de las mayores muestras de respeto que podemos ofrecerles.
Porque, al final, amar a un perro no consiste únicamente en cuidarlo, consiste también en recordar, cada día, que detrás de esa mirada que nos sigue con absoluta confianza hay un individuo con emociones, preferencias y necesidades propias. Y quizá la mejor forma de honrar esa confianza no sea decidir siempre por él, sino aprender, poco a poco, a decidir más veces con él.




