La importancia del olfato en los perros: muchos más que oler
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Entender el olfato de los perros es entender cómo perciben el mundo
Hay una escena que se repite cada día en miles de calles de todo el mundo. Un perro se detiene de repente, baja la cabeza, se acerca despacio a una farola, a una esquina o a un pequeño trozo de césped y comienza a olfatear con absoluta concentración cinco, diez, quince segundos… Mientras tanto, la persona que sostiene el otro extremo de la correa empieza a impacientarse y le dice algo parecido a: “vamos, otras vez oliendo, no tenemos toda la mañana” y entonces llega el tirón de correa, la escena termina y el paseo continúa.
Lo curioso es que, casi siempre, quien cree que el perro está perdiendo el tiempo es precisamente quien menos sabe sobre lo que acaba de ocurrir. Porque para nosotros solo había una farola, pero para él era información, mucha información, tanta que probablemente nosotros ni siquiera seríamos capaces de imaginarla.
Quizás uno de los mayores errores que cometemos al convivir con perros sea pensar que perciben el mundo de la misma forma que nosotros y no es así. Nosotros vivimos en un mundo construido principalmente por imágenes mientras ellos viven en un mundo construido por olores. Entender esa diferencia cambia por completo la forma de comprender sus necesidades, sus emociones y, sobre todo, la manera en la que compartimos los paseos con ellos.
No vivimos en el mismo mundo
Los seres humanos somos eminentemente una especie visual. Organizamos el entorno a partir de lo que vemos, reconocemos una calle por sus edificios, identificamos a alguien por su rostro…
Los perros, en cambio, construyen un mapa completamente distinto. Ellos reconocen el mundo por quién ha pasado por allí, por cuándo lo hizo y por la dirección que tomó; por el estado emocional en el que se encontraba; por si era un macho, una hembra o un cachorro; por si estaba enfermo o tenía miedo; por si pertenecía al vecindario o era un individuo desconocido.
Donde nosotros vemos una calle aparentemente vacía, ellos encuentran una enorme cantidad de información. Es como si dos personas entraran en una biblioteca, una únicamente pudiera mirar las estanterías y la otra pudiera leer todos los libros. Ambas están en el mismo lugar, pero no están viviendo la misma experiencia.
Una nariz extraordinaria, una auténtica maravilla biológica
Cuando decimos que los perros tienen mejor olfato que nosotros solemos imaginar una simple diferencia de intensidad. Como quien oye un poco mejor o ve un poco más lejos, pero la realidad es muchísimo más impresionante.
Los seres humanos disponemos de aproximadamente entre 5-6 millones de receptores olfativos. Los perros, dependiendo de la raza, pueden tener entre 125 y más de 300 millones. Pero la diferencia no termina ahí. La superficie del epitelio olfativo (el tejido especializado donde se encuentran esos receptores) también es enormemente superior, mientras que en las personas ocupa apenas unos pocos centímetros cuadrados, en muchos perros puede multiplicar esa superficie varias decenas de veces.
Y, además, una parte mucho mayor de su cerebro está dedicada a interpretar la información procedente del olfato, es decir, no solo captan muchos más olores, sino que también dedican muchos más recursos a comprenderlos a un nivel de detalle que a nosotros nos resulta, literalmente, inimaginable.
Oler no es lo mismo que olfatear
Hay otro detalle fascinante que suele pasar desapercibido, respirar y olfatear no son exactamente la misma conducta. Cuando un perro sencillamente respira, el aire sigue un recorrido determinado por las cavidades nasales.
Sin embargo, cuando comienza a olfatear de manera activa, modifica completamente ese patrón. Las rápidas inspiraciones y espiraciones hacen que el aire circule de una forma especialmente eficiente para capturar moléculas odorantes. Además, una parte del aire inspirado queda retenida durante más tiempo dentro de las complejas estructuras de la nariz, aumentando la capacidad para analizar cada olor.
Al mismo tiempo, el aire expulsado sale por unas aberturas laterales de la nariz, generando pequeñas corrientes que ayudan a atraer nuevas partículas olorosas hacia el hocico. Es un auténtico sistema de muestreo químico.
Mientras nosotros damos una inspiración profunda para intentar identificar un aroma, ellos son capaces de realizar varias inhalaciones por segundo, analizando continuamente el entorno sin dejar prácticamente de respirar. Por eso, cuando vemos a un perro detenerse y mover rápidamente la nariz, no está «curioseando» sin más, está realizando un proceso de análisis extraordinariamente complejo.
Cada olor cuenta una historia
Muchas personas creen que los perros huelen porque sienten curiosidad y es cierto, pero esa curiosidad tiene un propósito: obtener información.
Imaginemos que alguien deja el periódico de esta mañana sobre un banco del parque. Cualquiera que pase después podrá leer las noticias, aunque el autor ya no esté allí. Los olores funcionan de una manera parecida.
Cuando otro perro pasa por una calle deja tras de sí una enorme cantidad de información química. No solamente mediante el marcaje con orina, también a través de las almohadillas de las patas, de pequeñas partículas de piel, del pelo que cae de forma natural e incluso de las sustancias que libera el propio organismo.
Muchas de esas moléculas permanecen durante un tiempo en el ambiente y ahí es donde aparece el uno de los mayores talentos del olfato canino (desde mi punto de vista). Ellos son capaces de reconstruir parte de lo ocurrido antes de llegar: quién pasó, hace cuánto tiempo, hacia dónde se dirigía, si era conocido, si estaba alterado…
Nosotros solemos decir que los perros «huelen el suelo», pero en realidad, están leyendo acontecimientos que ocurrieron hace minutos o incluso horas. Es difícil imaginar una capacidad semejante porque nosotros sencillamente no disponemos de ella.
Un lenguaje que nosotros no podemos leer
A diferencia de las personas, los perros no escriben mensajes con palabras, gran parte de su comunicación se produce mediante señales químicas y los olores forman parte de su lenguaje. Un lenguaje silencioso que continúa existiendo incluso cuando el otro individuo ya se ha marchado.
Por eso una farola puede convertirse en un lugar de enorme interés. No porque el objeto tenga algo especial, sino porque funciona como un auténtico tablón de anuncios para los perros del barrio.
Cada nuevo olor aporta información, cada marcaje modifica parcialmente el mensaje anterior, cada visita actualiza ese feed del Instagram canino invisible que nosotros somos incapaces de percibir. Y, sin embargo, muchas veces pretendemos que nuestro perro pase junto a él sin detenerse.
Sería algo parecido a pedirnos que atravesáramos una biblioteca sin mirar un solo libro o mirar la redes sociales en el móvil con los ojos cerrados.
El paseo es mucho más que caminar
Hace semanas hablábamos aquí del paseo ideal porque creo que aquí aparece uno de los mayores malentendidos de la convivencia con los perros. Con frecuencia pensamos que el objetivo del paseo consiste en hacer ejercicio, en recorrer una determinada distancia, en «cansarlos» y en volver a casa cuanto antes.
Pero para ellos el paseo cumple muchas más funciones. Es el momento de explorar, de recopilar información, de actualizar su conocimiento sobre el entorno, de descubrir cambios, de confirmar que todo sigue siendo seguro, de satisfacer una necesidad profundamente ligada a su biología.
Por eso dos paseos de la misma duración pueden ser experiencias completamente distintas. Un paseo de cuarenta minutos caminando deprisa, sin apenas detenerse, puede resultar mucho menos enriquecedor que otro de veinte minutos donde el perro ha podido explorar, elegir algunos recorridos y olfatear con calma.
Porque el ejercicio físico solo cubre una parte de sus necesidades. La exploración mental cubre otra igualmente importante. Y pocas actividades estimulan tanto esa exploración como utilizar el sentido que mejor define a su especie. Quizá por eso, cuando nuestro perro se queda inmóvil durante unos segundos delante de un árbol, no deberíamos preguntarnos por qué tarda tanto, la pregunta quizá sea otra: ¿Qué estará descubriendo ahora mismo que yo soy incapaz de percibir?
Cuando las prisas hablan más alto que la nariz
Si aceptamos que el olfato es la principal herramienta con la que un perro interpreta el mundo, hay una pregunta que surge casi de forma inevitable: ¿Qué ocurre cuando le impedimos utilizarla?
La respuesta no es tan simple como decir que «no pasa nada», porque sí pasa. No hablamos de un daño inmediato ni de un problema irreversible, hablamos de perder, una y otra vez, oportunidades de satisfacer una necesidad profundamente ligada a su forma de ser.
Imaginemos que alguien nos lleva a visitar una ciudad maravillosa como es Úbeda. Monumentos, calles llenas de historia, paisajes espectaculares. Pero durante toda la visita nos obliga a caminar deprisa, sin detenernos, sin observar los detalles y sin poder hacer preguntas.
Probablemente volveríamos a casa diciendo que hemos estado allí, pero también sentiríamos que apenas la hemos conocido. Algo parecido puede ocurrir durante muchos paseos. Nosotros caminamos, pero ellos pasan de un olor a otro sin tiempo suficiente para interpretarlos. Y, aunque físicamente hayan recorrido la misma distancia, la experiencia es muy distinta.
Porque para un perro pasear no consiste únicamente en mover las patas, consiste, sobre todo, en comprender el entorno.
Un tirón de correa también interrumpe una conducta natural
Los tirones de correa suelen analizarse desde un punto de vista físico y es lógico, pero sabemos que pueden resultar molestos e incluso perjudiciales, especialmente cuando se producen de forma repetida o intensa.
Pero existe otra consecuencia de la que hablamos mucho menos. Cada vez que interrumpimos constantemente un comportamiento exploratorio, también estamos interfiriendo en una conducta natural que tiene una función importante para el perro.
No significa que nunca debamos pedirle que continúe el paseo. Hay momentos en los que será necesario. Vivimos en ciudades, tenemos horarios, hay pasos de peatones, bicicletas, otros perros o situaciones que requieren seguir avanzando.
El problema no aparece por pedirle que continúe una vez, aparece cuando el paseo entero se convierte en una sucesión de interrupciones, cuando apenas existe espacio para investigar, cuando cada intento de detenerse recibe como respuesta una presión sobre la correa, cuando la exploración deja de formar parte del paseo. Porque entonces el paseo deja de parecerse cada vez más a una experiencia compartida y empieza a convertirse únicamente en un desplazamiento por imposición.
Oler también cansa… pero de la mejor manera
Existe otra idea muy extendida. Pensamos que un perro vuelve cansado porque ha corrido mucho, sin embargo, el cansancio no siempre depende del esfuerzo físico. También existe el cansancio mental, resolver problemas, tomar decisiones, procesar información, concentrarse.
Todo ello consume recursos cognitivos y el olfato implica precisamente eso. Cada olor debe identificarse, compararse con experiencias anteriores, interpretarse y relacionarse con el contexto. Aunque nosotros no podamos verlo, el cerebro del perro está trabajando constantemente.
Por eso muchos tutores observan que su perro vuelve más tranquilo después de un paseo donde ha podido explorar con calma que tras otro mucho más largo en el que apenas ha tenido oportunidades para olfatear.
No se trata de magia, ni tampoco de que oler «relaje» automáticamente a todos los perros, cada individuo es diferente y cada situación también. Pero sí sabemos que ofrecer oportunidades de exploración olfativa constituye una forma de enriquecimiento ambiental y de estimulación cognitiva que contribuye al bienestar de muchos perros.
El paseo también es una conversación
A menudo entendemos el paseo como una actividad que nosotros ofrecemos al perro, aunque en realidad, quizá sería más justo entenderlo como una experiencia que compartimos con él. Porque mientras nosotros decidimos la dirección, el horario o el destino, él nos está proponiendo constantemente pequeñas pausas.
Nos dice cosas como «aquí hay algo interesante», «necesito unos segundos más», «quiero investigar esto». La mayoría de esas peticiones no llegan mediante palabras, llegan mediante una ligera disminución de la velocidad, un cambio de dirección, una nariz que permanece pegada al suelo, un cuerpo completamente concentrado.
Y entonces nosotros respondemos. A veces esperando y otras veces tirando. Sin darnos cuenta, esa respuesta también forma parte de nuestra comunicación con él. Por eso suelo decir que un paseo no se mide únicamente por la distancia recorrida, también se mide por el número de veces que ambos conseguimos entendernos.
Dar tiempo también es una forma de respetar
En otro de los artículos de este blog hablábamos de la importancia de ofrecer autonomía a nuestros perros (¿Y si nuestros perros pudieran elegir?), de permitirles tomar pequeñas decisiones siempre que el contexto lo permita y el paseo es, probablemente, uno de los mejores momentos para hacerlo.
No hace falta dejar que el perro decida absolutamente todo, ni sería realista, pero sí podemos preguntarnos cuántas decisiones puede tomar sin que eso suponga un problema.
Quizás hoy pueda elegir qué lado del parque recorrer o quizás pueda detenerse un poco más en un olor especialmente interesante o quizás podamos alargar unos segundos una exploración antes de continuar.
Son decisiones pequeñas. Tan pequeñas que muchas veces apenas modifican nuestro día, pero para él significan algo mucho mayor, significan participar y participar también forma parte del bienestar. Porque vivir acompañado no debería implicar renunciar por completo a decidir.
No todos los paseos tienen que ser iguales
Otro error frecuente consiste en pensar que todos los paseos deben cumplir exactamente la misma función y no siempre es así.
Habrá días en los que necesitemos llegar pronto al veterinario, otros en los que vayamos con prisa al trabajo, otros en los que sencillamente tengamos poco tiempo y no pasa nada.
La cuestión no es convertir cada paseo en una expedición de dos horas. La cuestión es procurar que, cuando podamos, existan momentos donde el perro pueda explorar con calma. A veces bastan diez minutos. Diez minutos sin objetivos, sin relojes, sin prisas. Diez minutos donde el protagonista no sea nuestro ritmo, sino el suyo. Porque la calidad de un paseo no siempre depende de cuánto caminamos, muchas veces depende de cuánto permitimos descubrir.
Comprender antes que corregir
En educación canina existe una pregunta que intento hacerme con frecuencia: “¿Por qué el perro está haciendo esto?”
Antes de pensar cómo modificar una conducta, merece la pena comprender cuál es su función y eso también ocurre con el olfato.
Cuando un perro se detiene constantemente quizá no esté distrayéndose, quizás esté satisfaciendo una necesidad. Si tarda en avanzar quizá no esté desobedeciendo, quizás esté recopilando información. Cuando insiste en volver una y otra vez al mismo lugar quizá nosotros solo veamos un árbol, pero él probablemente esté encontrando algo que su cerebro considera relevante.
Comprender no significa permitir cualquier comportamiento, sino que nuestras decisiones dejan de basarse únicamente en la obediencia para empezar a construirse sobre el conocimiento y eso cambia por completo la forma de convivir.
Aprender a mirar el mundo desde su altura
Hay algo profundamente bonito en compartir la vida con un perro y es que nos obliga a descubrir un mundo que siempre estuvo delante de nosotros y que, sin embargo, nunca habíamos visto. O, mejor dicho, nunca habíamos olido o interpretado de otro modo.
Gracias a ellos aprendemos que una mañana no solo tiene un color distinto, también tiene un olor distinto. Que una calle cambia aunque los edificios sigan siendo los mismos. Que un parque nunca es exactamente igual al del día anterior. Ellos nos recuerdan constantemente que la realidad puede percibirse de muchas maneras y quizás esa sea una de las mayores lecciones que pueden enseñarnos.
No todo el mundo interpreta el entorno como nosotros, no todas las especies necesitan las mismas cosas, no todos los silencios están vacíos. A veces, mientras creemos que nuestro perro no está haciendo absolutamente nada, está ocurriendo una de las actividades más importantes de todo su día. Está intentando comprender el mundo.
La próxima vez que se detenga…
La próxima vez que tu perro se pare delante de una farola, de un arbusto o de un pequeño rincón del parque, prueba a hacer algo diferente.
No mires el reloj inmediatamente, no tires de la correa de forma automática. Espera unos segundos. Obsérvalo. Mira cómo mueve la nariz, cómo cambia ligeramente la postura, cómo parece concentrarse en algo que tú eres completamente incapaz de percibir.
Y entonces recuerda una idea muy sencilla, mientras tú esperas a que termine de oler, él está haciendo exactamente lo mismo que tú cuando lees un libro, escuchas una conversación interesante o contemplas un paisaje que merece la pena. Está dedicando unos minutos a comprender mejor el mundo en el que vive.
Quizás nunca sepamos qué historia escondía aquella farola, ni qué mensaje dejó otro perro unas horas antes, ni por qué ese olor parecía mucho más importante que todos los demás y, sinceramente, tampoco hace falta.
Convivir con un perro no consiste en entender cada molécula que llega a su nariz, sino en aceptar que ese universo existe, aunque nosotros no podamos percibirlo.
Porque educar a un perro no es únicamente enseñarle a vivir en nuestro mundo, también implica hacer el esfuerzo de acercarnos, aunque solo sea un poco, al suyo y una de las formas más sencillas de demostrarle ese respeto sea permitirle terminar de leer una historia que nosotros jamás podremos conocer.




