Los perros sueltos en la ciudad: cuando el problema no es la correa, sino la empatía
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—¡No hace nada!
Seguramente has escuchado esa frase alguna vez. Yo la he escuchado muchas, demasiadas… Y casi siempre llega cuando ya es demasiado tarde, cuando un perro ya está encima del otro, cuando una persona ya se ha apartado con miedo, cuando alguien ha tenido que levantar a su perro en brazos, cuando la tensión ya se ha instalado en una situación que, unos segundos antes, era completamente normal.
Lo curioso es que, en muchas ocasiones, quien pronuncia esa frase no pretende molestar a nadie. Lo hace convencido de que está tranquilizando a la otra persona. Está seguro de que su perro es bueno, sociable y no supone ningún peligro y probablemente tenga razón.
Puede que ese perro sea extraordinariamente equilibrado, puede que nunca haya tenido un conflicto con otro perro, puede incluso que tenga una comunicación excelente y que disfrute saludando con educación. Pero hay una pregunta que casi nunca se hace quien deja a su perro suelto: ¿Y si el problema no es mi perro?
Porque la realidad es que nunca paseamos solos. Compartimos calles, parques y aceras con personas completamente diferentes entre sí. Con niños pequeños, personas mayores, corredores, ciclistas, familias, personas con movilidad reducida, personas que tienen miedo a los perros y otras que, sencillamente, no quieren interactuar con ellos.
Y también compartimos esos espacios con otros perros. Perros inseguros, perros con dolor, perros que están aprendiendo, perros que están superando un trauma, perros mayores, perros con dificultades sociales, perros que están realizando un proceso de educación canina para mejorar su convivencia.
Todos ellos tienen exactamente el mismo derecho que el nuestro a pasear tranquilos y quizá ahí esté el verdadero debate. Porque este artículo no pretende hablar de correas, pretende hablar de convivencia y, sobre todo, de empatía.
El problema nunca ha sido la libertad
Cuando se plantea este tema, suele aparecer rápidamente una especie de enfrentamiento. Por un lado, quienes defienden que los perros deberían poder disfrutar de libertad siempre que sea posible. Por otro, quienes consideran que un perro jamás debería ir suelto fuera de un recinto habilitado. Creo que ambas posturas simplifican demasiado una realidad que es mucho más compleja.
Como educador canino, me encanta ver a un perro correr libre cuando el contexto es el adecuado. De hecho, considero que poder moverse con libertad, explorar el entorno, utilizar el olfato sin la limitación constante de una correa y tomar pequeñas decisiones forma parte de una vida rica y saludable para muchos perros. La libertad tiene un enorme valor.
Pero la libertad nunca puede entenderse aislada del contexto.
No es lo mismo un sendero prácticamente vacío en plena naturaleza que una avenida concurrida, una finca privada que una plaza llena de personas, o un espacio diseñado para ellos que una ciudad donde conviven cientos de intereses diferentes. Y aquí aparece una idea que, personalmente, considero fundamental: La libertad de un perro nunca puede construirse a costa de la tranquilidad de los demás.
¿Puede un perro ir suelto? Sí… pero probablemente no en las condiciones que imaginamos
Cada vez que sale este debate aparece la misma afirmación: «Mi perro puede ir suelto porque tiene un comportamiento excelente.» Y entonces me hago siempre la misma pregunta: ¿Qué significa exactamente «comportamiento excelente»?
Porque muchas veces confundimos que un perro sea tranquilo con que esté preparado para ir suelto en cualquier situación.
Y no es lo mismo.
Si hablamos desde la educación canina respetuosa, para que un perro pudiera plantearse ir suelto en un entorno compartido deberían cumplirse, al menos, dos condiciones fundamentales.
- La primera tiene que ver con el propio perro.
- La segunda con la persona que lo acompaña.
Y las dos son igual de importantes.
Un perro socialmente competente
Cuando digo que un perro necesita tener buenas habilidades sociales no me refiero a que juegue con todos los perros. Ni siquiera a que quiera saludarlos. Significa algo mucho más profundo, significa que sabe leer el lenguaje corporal de otros perros, que reconoce cuándo otro individuo quiere mantener distancia, que entiende las señales de incomodidad, que no invade constantemente el espacio ajeno, que puede retirarse cuando corresponde, que es capaz de gestionar la frustración si otro perro no quiere relacionarse… En otras palabras, hablamos de un perro que sabe convivir.
Y esto, aunque pueda parecer evidente, no es tan frecuente como pensamos. Hay perros extremadamente simpáticos con las personas y, sin embargo, tremendamente invasivos con otros perros. Perros que llegan corriendo, saltan encima del otro, ignoran todas las señales de calma y convierten cada presentación en una situación incómoda.
Muchas veces no existe mala intención, simplemente falta aprendizaje. Pero para el perro que recibe esa interacción, el resultado puede ser exactamente el mismo: estrés, miedo, conflicto.
Por eso, cuando escucho decir que un perro puede ir suelto porque «es muy bueno», siempre pienso que quizá la pregunta correcta sería otra: ¿Es realmente bueno interpretando lo que necesitan los demás? Porque eso cambia completamente la conversación.
La otra mitad del problema casi nunca se menciona
Imaginemos ahora que ese perro tiene unas habilidades sociales excelentes. Aun así, falta la otra parte, su tutor. Porque un perro preparado no sirve de mucho si la persona que lo acompaña no sabe leer la situación antes que él.
Un buen guía no es quien grita más fuerte el nombre de su perro, ni quien presume de una llamada perfecta. Es quien sabe anticiparse; quien observa continuamente el entorno; quien detecta antes que nadie que, a cincuenta metros, viene una persona incómoda con los perros; quien ve aparecer un perro con bozal y decide llamar al suyo antes siquiera de que exista interacción; quien entiende que no todo el mundo tiene por qué querer compartir ese momento.
Eso también es educación canina y probablemente sea una de las habilidades menos visibles, porque educar a un perro también implica educarnos nosotros, aprender a mirar más allá de nuestro propio compañero.
Incluso haciéndolo todo bien… seguimos sin poder controlarlo todo
Aquí llega la parte que muchas personas prefieren no escuchar. Supongamos que tenemos un perro extraordinariamente equilibrado. Supongamos también que existe una comunicación impecable entre él y su tutor. ¿Significa eso que nunca va a ocurrir nada? La respuesta, sencillamente, es no.
Porque vivimos en entornos abiertos y los entornos abiertos son imprevisibles. Puede aparecer un petardo, puede cruzarse un gato, puede caer un objeto al suelo, puede salir un niño corriendo detrás de una pelota, puede aparecer un perro escapado, puede producirse un accidente de tráfico… Puede suceder absolutamente cualquier cosa.
Los perros son seres vivos, no robots y precisamente porque son seres vivos reaccionan y toman decisiones, a veces acertadas, a veces equivocadas.
Pensar que un perro jamás hará algo inesperado es exigirle un nivel de perfección que ni siquiera los seres humanos somos capaces de alcanzar. Y quizá sea aquí donde aparece una de las mayores diferencias entre confiar en nuestro perro y sobreestimar nuestras posibilidades de control.
Confiar es maravilloso, pero pensar que controlamos absolutamente todo suele ser una ilusión.
Los perros sueltos en la ciudad: cuando el problema no es la correa, sino la empatía
Y precisamente porque no podemos controlar todas las variables, la convivencia deja de ser una cuestión de adiestramiento para convertirse en una cuestión de responsabilidad.
Hay una frase que escucho con frecuencia: «Si el mío no hace nada.» Y casi siempre la respuesta debería ser la misma: “No sabes cómo está viviendo ese momento el perro que tienes delante”.
Porque cuando dejamos que nuestro perro se acerque libremente a otro, solemos hacerlo desde nuestra propia realidad. Vemos a nuestro compañero, conocemos su carácter, sabemos que es sociable y asumimos que esa información basta para que el encuentro sea positivo.
Pero la convivencia no funciona desde nuestro punto de vista.
Funciona desde el punto donde se cruzan dos realidades completamente distintas. La nuestra y la de la otra persona, la de nuestro perro y la del suyo. Y ahí es donde aparece la empatía.
No es solo tu perro, también es el otro
Porque ese perro al que el nuestro corre a saludar puede estar recuperándose de una cirugía, puede estar aprendiendo a caminar sin dolor después de meses de rehabilitación, puede haber sufrido una lesión ortopédica, puede tener una hernia, puede estar siguiendo un protocolo veterinario donde necesita evitar sobresaltos, puede padecer una enfermedad que nadie tiene por qué explicar a desconocidos, puede ser un perro anciano para el que un simple golpe durante un saludo supone varios días de molestias, puede ser un cachorro extremadamente sensible que está viviendo una etapa crucial de socialización, puede estar realizando un trabajo específico con un educador, puede llevar semanas aprendiendo a gestionar el miedo hacia otros perros, puede haber avanzado muchísimo… hasta que aparece un perro suelto que ignora todas las señales y rompe ese trabajo en apenas unos segundos.
Y quienes convivimos con perros así conocemos perfectamente esa sensación. No es enfado, es agotamiento. Horas, semanas o incluso meses de esfuerzo pueden verse comprometidos por un encuentro que alguien decidió porque «solo quería jugar».
Muchas familias viven pendientes del entorno. Cruzan de acera, cambian sus horarios, buscan calles tranquilas, salen cuando hay menos gente. No porque quieran aislar a su perro, sino porque intentan darle experiencias que pueda gestionar con éxito. Cada paseo es una oportunidad para construir seguridad, pero también puede convertirse en un retroceso enorme cuando otro perro invade su espacio sin posibilidad de elección.
Reactividad
Porque la reactividad no aparece por capricho. Muchas veces nace precisamente de haber aprendido que los demás perros llegan siempre demasiado cerca, demasiado rápido y demasiado tarde para poder elegir otra opción. Paradójicamente, muchos de esos perros reactivos mejorarían mucho más deprisa si quienes tienen perros sociables comprendieran que no todos necesitan relacionarse del mismo modo, no todos los perros quieren saludarse, no todos disfrutan jugando con desconocidos, no todos necesitan interacción constante. Y eso es completamente normal.
A veces el mayor regalo que podemos hacerle a otro perro es, sencillamente, pasar de largo. Sin presión, sin invasión, sin obligarlo a relacionarse. Del mismo modo que ocurre con las personas. No esperamos que dos desconocidos se abracen por cruzarse en una acera. No interpretamos como mala educación que alguien no quiera conversar con nosotros. Entendemos que existen espacios personales, necesidades distintas, momentos diferentes. Con los perros debería suceder exactamente igual. Porque el respeto también consiste en permitir que alguien diga «no», aunque ese «no» llegue en forma de lenguaje corporal.
No solo hay perros en la calles, también personas
Y aquí aparece otro colectivo del que casi nunca hablamos. Las personas. Porque las ciudades no pertenecen únicamente a quienes tenemos perro, también pertenecen a quienes sienten miedo, a quienes tuvieron una mala experiencia, a quienes fueron mordidos durante su infancia, a quienes sencillamente no desean que un perro desconocido salte encima de ellos. Y tienen exactamente el mismo derecho a utilizar el espacio público que cualquiera de nosotros.
Con demasiada frecuencia se ridiculiza ese miedo. «No pasa nada”, «solo quiere jugar», «es muy bueno». Pero el miedo no desaparece porque alguien lo minimice, al contrario.
Cuando una persona expresa miedo y, aun así, un perro continúa acercándose sin control, lo único que aprende es que su temor estaba justificado. No importa que el perro sea extraordinariamente sociable. La percepción de seguridad pertenece a quien la vive, no a quien la observa.
Imaginemos por un momento a una persona mayor caminando con cierta dificultad, a un niño pequeño cuya altura sitúa su cara a la misma altura que un perro mediano, a alguien con movilidad reducida, a una persona con diversidad funcional, a alguien que sencillamente no quiere interactuar con animales. Todos ellos deberían poder pasear sin tener que preguntarse si el siguiente perro que aparezca correrá hacia ellos.
La verdadera educación canina también protege a las personas, porque educar a un perro nunca debería significar únicamente conseguir obediencia. También significa enseñarle a convivir dentro de una sociedad donde existen límites, normas y respeto mutuo. Y eso incluye saber cuándo acercarse y, sobre todo, cuándo no hacerlo.
Responsabilidad civil, aspecto que casi nunca se tiene en cuenta
Existe además otro aspecto que rara vez se menciona hasta que ocurre un problema: la responsabilidad legal. En España, la normativa municipal suele establecer que los perros deben permanecer sujetos mediante correa en la vía pública, salvo en las zonas específicamente habilitadas para ello. Aunque las ordenanzas varían entre municipios, el principio es el mismo: el control del animal no es opcional, sino una obligación del tutor.
No se trata únicamente de evitar sanciones, se trata de asumir las consecuencias que pueden derivarse de una decisión. Porque si un perro provoca una caída, si causa un accidente de bicicleta, si invade la calzada y genera un siniestro de tráfico, si produce lesiones a otro perro, si daña material ajeno o si provoca una mordida durante una interacción que nunca debió producirse… La responsabilidad no desaparece porque el perro «normalmente sea muy bueno». Precisamente por eso la legislación habla de control efectivo, no de buenas intenciones.
La responsabilidad comienza mucho antes del accidente. Empieza cuando decidimos valorar correctamente los riesgos y eso requiere humildad, la suficiente para reconocer que ningún perro, por excelente que sea su educación, deja de ser un ser vivo con emociones, impulsos y capacidad para sorprendernos.
La prudencia, rasgo a admirar
Quizá por eso uno de los rasgos que más admiro en quienes realmente saben de perros es la prudencia. No necesitan demostrar que pueden llevar al perro suelto, no sienten la necesidad de impresionar a nadie, no utilizan la libertad como símbolo de prestigio. Saben que la verdadera confianza no consiste en asumir riesgos innecesarios, consiste en saber cuándo merece la pena evitarlos. Porque un perro puede disfrutar enormemente de su libertad, pero esa libertad no depende exclusivamente de quitar una correa, depende del contexto.
Hay parques caninos, hay zonas habilitadas, hay espacios naturales donde la normativa lo permite, hay fincas privadas, hay horarios, hay lugares donde esa libertad puede vivirse sin comprometer la tranquilidad de otras personas ni de otros perros. Y cuando elegimos esos espacios, todos ganan. Nuestro perro puede correr, explorar, olfatear, relacionarse y hacerlo sin convertir el paseo de otra familia en un momento de tensión.
La libertad no es hacer lo que te da la gana
Tal vez ahí esté la verdadera diferencia entre libertad y civismo. Porque la libertad nunca consiste en hacer todo aquello que podemos hacer, consiste en elegir aquello que también respeta a los demás. Vivimos en una sociedad compartida. Las aceras son compartidas, los parques son compartidos, los senderos son compartidos, los espacios públicos pertenecen tanto a quienes aman profundamente a los perros como a quienes prefieren mantener distancia. Y convivir significa precisamente eso, aceptar que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre personas que no conocemos.
Quizá nunca sepamos que el perro que acabamos de respetar estaba superando un miedo enorme, que aquella familia llevaba meses trabajando para reducir su ansiedad, que esa persona respiró tranquila porque nuestro perro permaneció junto a nosotros, que un niño ganó confianza porque nadie invadió su espacio, que un perro con dolor pudo terminar su paseo sin sobresaltos.
Nunca recibiremos un aplauso por esas decisiones, nadie nos felicitará por haber sujetado la correa unos minutos más. Pero la convivencia rara vez se construye con gestos espectaculares, se construye con cientos de pequeñas decisiones invisibles, con renuncias, con consideración y con empatía.
El debate siempre ha sido la empatía
Porque, al final, llevar o no llevar la correa nunca ha sido el verdadero debate. El verdadero debate es cuánto somos capaces de pensar en quienes caminan a nuestro lado. En un mundo donde cada vez exigimos más comprensión hacia nuestras propias circunstancias, quizá el mayor acto de respeto sea recordar que los demás también tienen una historia que no conocemos y esa historia merece el mismo cuidado que esperamos para la nuestra.
La próxima vez que alguien diga: «Déjalo, si no hace nada.» Quizá podamos responder con otra idea mucho más importante.
No se trata de lo que hace tu perro, se trata de cómo nuestras decisiones afectan a todos los demás.
Porque educar a un perro es importante, pero educarnos como sociedad lo es todavía más. Y esa educación empieza, muchas veces, con un gesto tan sencillo como acortar la correa unos metros, esperar unos segundos y permitir que otro ser vivo (humano o perro) continúe su camino sintiéndose seguro. Puede parecer un gesto pequeño, pero para quien está al otro lado, a veces significa absolutamente todo.




