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¿Pipican sí o pipican no? Cuando el parque para perros no es para todos los perros

Un espacio pensado para ellos

Hay una escena que se repite cada día. Una persona llega al parque canino con su perro, abre la puerta, le quita la correa y el perro sale corriendo. Aquí se produce casi siempre la misma secuencia: corre, saluda, persigue, es perseguido, juega, vuelve a correr…

Desde fuera, todo parece perfecto. Un espacio donde los perros pueden estar sueltos, relacionarse y hacer ejercicio, un lugar creado específicamente para ellos. ¿Qué podría salir mal? Muchas cosas, pero también pueden ocurrir cosas maravillosas. Quizá esa sea la primera idea que deberíamos tener clara cuando hablamos de los pipicán, que no son buenos ni malos por definición.

Son espacios y como cualquier espacio, su efecto sobre un perro dependerá de quién lo utiliza, cómo se utiliza, durante cuánto tiempo, qué características tiene el lugar y, sobre todo, qué experiencia está teniendo el perro que tenemos delante. Porque un parque canino puede ser una oportunidad extraordinaria de libertad para un perro y/o puede ser una experiencia profundamente desagradable para otro.

Puede ofrecer ejercicio, exploración y encuentros sociales, o puede convertirse también en un lugar de sobreexcitación, conflicto, miedo o contagio. La diferencia no está únicamente en el parque, está en nuestra capacidad para observar y decidir.

La libertad de correr

Hay algo que resulta difícil de discutir, los perros necesitan movimiento, especialmente algunas tipologías como los perros nórdicos, de caza o pastores. Necesitan explorar, necesitan utilizar su cuerpo y muchos perros viven en entornos urbanos donde las oportunidades de moverse libremente son muy limitadas. Una zona correctamente diseñada y segura puede ofrecer algo que una acera no puede proporcionar, libertad de movimiento.

Un perro puede acelerar, cambiar de dirección, explorar distintas zonas, jugar, correr detrás de un objeto u animal, investigar, alejarse unos metros, volver, elegir. Todo ello sin estar limitado constantemente por la longitud de una correa. Para algunos individuos, esta posibilidad puede resultar extraordinariamente valiosa, especialmente cuando no disponemos de otros espacios seguros donde puedan moverse libremente.

Además, los parques caninos pueden favorecer la actividad física tanto de los perros como de las personas que los acompañan y pueden convertirse en lugares de interacción social para la comunidad. Las revisiones sobre estos espacios encuentran beneficios potenciales relacionados con el ejercicio, al interacción social y la conexión entre las personas.

No solo se cansan las patas

Cuando pensamos en un perro dentro de un pipican solemos fijarnos en lo evidente como correar, saltar, jugar o perseguir. Pero mientras todo eso ocurre, también está procesando una enorme cantidad de información. Hay olores, perros nuevos y conocidos, personas, sonidos, movimientos, marcajes, interacciones, objetos… Cada perro que entra modifica parcialmente el escenario.

Por eso un parque canino también puede convertirse en un espacio de estimulación mental. El perro explora, investiga, toma decisiones, interpreta las señales de otros individuos, decide si acercarse o alejarse. Aprende qué perros resultan previsibles y cuáles no. Y, cuando las condiciones son adecuadas, todo ese proceso puede ser enormemente enriquecedor.

Pero aquí aparece una palabra que deberíamos colocar en mayúsculas: CUANDO. Porque la estimulación solo es enriquecedora cuando el perro puede gestionarla. Cuando la cantidad de estímulos supera su capacidad para procesarlos, deja de ser enriquecimiento y puede convertirse en sobrecarga. Y esa diferencia es fundamental.

Socializar no significa jugar con todos

Quizá este sea uno de los mayores errores alrededor de los parques caninos. Pensamos que un perro que entra allí tiene que relacionarse con todos los demás como si la socialización consistiera en acumular encuentros, pero la socialización no funciona así.

Un perro bien socializado no es necesariamente aquel que quiere acercarse a todos los perros que encuentra. Puede ser precisamente aquel que sabe observarlos, interpretar sus señales y decidir cuándo interactuar y cuándo continuar con su vida.

La investigación sobre comportamiento en parques caninos muestra que las interacciones sociales son frecuentes, especialmente al principio de la visita, y que los perros utilizan una gran variedad de señales visuales y táctiles para regular esos encuentros. También muestra que la edad, el sexo y el número de perros presentes pueden modificar la actividad y las interacciones, así como los roles y status que se hayan establecido entre aquellos individuos que visitan el parque todos los días y forman un grupo social más o menos estable.

Por eso un buen encuentro no debería medirse por cuánto han corrido dos perros juntos.

Deberíamos preguntarnos otras cosas. ¿Se conocían? ¿Ambos querían estar ahí? ¿Podían alejarse? ¿Había reciprocidad? ¿Se respetaban las pausas? ¿Uno perseguía constantemente al otro? ¿Había señales de incomodidad? ¿Podían interrumpir la interacción sin ser perseguidos?

Porque jugar no es simplemente correr, jugar es poder entrar y salir de la interacción. Y cuando uno de los dos no puede hacerlo, quizá ya no estemos hablando de juego.

Cuando el juego deja de ser juego

Imaginemos a un perro que entra en el parque. Otro se acerca, corren y uno persigue al otro. El primero acelera, el segundo continúa. El primero intenta esconderse detrás de su tutor, el otro vuelve a buscarlo. El primero gira, evita, intenta alejarse y seguimos pensando: «qué bien se lo están pasando.»

Aquí aparece uno de los problemas más importantes. Los perros no necesitan llegar a una pelea para estar viviendo una mala experiencia. Puede existir presión social mucho antes. Puede haber persecuciones constantes, acumulación de individuos sobre un mismo perro, bloqueos, invitación al juego que no es correspondida, montas insistentes, acoso, invasión del espacio personal. Y, si nadie interviene, la tensión puede aumentar hasta desembocar en un conflicto o en un trauma, que tristemente pasa más de lo que nos gustaría.

La evidencia disponible sobre agresiones en parques caninos no permite afirmar que las peleas sean inevitables ni que estos espacios sean necesariamente peligrosos. De hecho, algunos estudios observacionales han encontrado una frecuencia relativamente baja de episodios agresivos. Pero precisamente por eso debemos evitar las dos posiciones extremas: ni pensar que cualquier parque es una bomba de relojería, ni asumir que nunca ocurre nada porque «todos vienen a jugar». La clave está en la supervisión y ahí encontramos uno de los mayores problemas.

El problema no siempre está dentro del parque

Está fuera. En el banco, en la pantalla del móvil, en la conversación entre dos personas, en el «ya se apañan ellos». Un perro puede estar mostrando señales evidentes de incomodidad mientras su tutor está mirando el teléfono. Otro puede estar persiguiendo insistentemente a un tercero mientras su familia conversa. Puede producirse una interacción que empieza a subir de intensidad y nadie interviene hasta que aparece un gruñido, un mordisco o una pelea. Y entonces todo el mundo mira, pero quizá el problema comenzó varios minutos antes.

Aquí entra una cuestión fundamental de educación canina: no podemos proteger aquello que no sabemos interpretar. Si una persona no reconoce una señal de evitación, una congelación, un intento de escapar, una postura corporal tensa o una interacción unilateral, difícilmente podrá intervenir antes de que la situación escale.Y eso convierte el conocimiento del lenguaje canino en una herramienta de prevención.

No necesitamos convertirnos en etólogos para llevar a nuestro perro al parque, pero sí necesitamos aprender a observarlo. Porque estar físicamente presente no significa necesariamente estar acompañándolo. Puedes estar a dos metros de tu perro y, emocionalmente, estar completamente ausente.

Cuando demasiados perros son demasiados

Existe otro factor que solemos olvidar, el espacio. Un pipican puede ser relativamente amplio para un perro, pero puede resultar muy pequeño cuando dentro coinciden muchos individuos con diferentes niveles de activación, diferentes estilos de juego y diferentes capacidades para gestionar la interacción social. La cantidad de perros importa.

También importa la distribución del espacio. Los lugares de entrada y salida, la existencia de zonas donde retirarse, la posibilidad de crear distancia, la presencia de juguetes o recursos, los puntos de acumulación, el ruido, el tamaño del recinto y el propio temperamento de los perros que están dentro, así como sus roles establecidos entre aquellos que van todos los días. Porque un espacio cerrado lleno de perros excitados puede convertirse rápidamente en una olla a presión.

No significa que correr y jugar sean malos, significa que la activación también tiene un límite. Un perro puede entrar emocionado y salir todavía más excitado. Puede parecer feliz porque corre constantemente, cuando en realidad lleva veinte minutos sin conseguir bajar de revoluciones. Y aquí debemos aprender a distinguir algo muy importante: estar activo no es necesariamente estar bien.

El estrés también puede parecer diversión

Este quizá sea uno de los aspectos más difíciles de aceptar porque estamos acostumbrados a identificar el bienestar con determinadas conductas como correr, saltar, mover la cola, jugar e interactuar. Pero ninguna conducta aislada nos permite diagnosticar cómo se siente un perro.

En un estudio realizado con perros de compañía que acudían a parques caninos, los niveles de cortisol salival aumentaron significativamente después de veinte minutos en el parque, mientras que no ocurrió lo mismo tras un paseo de veinte minutos con correa en los mismos perros. Esto no significa que los parques caninos sean «estresantes» para todos los perros, pero sí demuestra que la experiencia puede implicar activación fisiológica y que no debemos asumir automáticamente que más interacción equivale a mayor bienestar.

Además, la respuesta individual importa muchísimo. Hay perros que disfrutan enormemente de esos entornos y otros que necesitan distancia. Hay perros que llegan, exploran unos minutos y después prefieren marcharse; otros que no encuentran nunca el momento de detenerse porque el propio entorno los mantiene permanentemente activados. Por eso la pregunta no debería ser: «¿Se divierte mi perro en el pipican?» Sino: «¿Cómo está viviendo mi perro este lugar?» La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente nuestra forma de observar.

Hay perros para los que el pipican no es el lugar adecuado

Quizá una de las conclusiones más importantes sea precisamente esta. No todos los perros necesitan ir al pipicán y no pasa absolutamente nada. Un perro reactivo puede sentirse sobrepasado en un recinto donde no puede controlar la distancia respecto a otros individuos. Un perro con miedo puede vivir cada acercamiento como una amenaza. Un perro que está recuperándose de una lesión puede necesitar movimiento controlado y no carreras, frenadas y choques. Un perro con dolor puede tolerar mucho peor que otro una interacción física. Un perro anciano puede necesitar tranquilidad. Un perro muy excitado puede salir todavía más activado. Y un perro que simplemente no disfruta jugando con desconocidos no tiene ningún problema que solucionar.

No todos los perros quieren socializar. No todos necesitan correr con otros perros. No todos disfrutan de los espacios llenos de individuos. Y respetar eso también es educación canina. En ocasiones, la mejor decisión que podemos tomar por nuestro perro es no entrar.

El pipican no sustituye al paseo

Existe otra confusión frecuente. Pensar que llevar al perro al pipican equivale a proporcionarle un paseo completo, pero son cosas diferentes. Un paseo permite desplazarse por distintos entornos, explorar olores, recibir información, observar el mundo, cambiar de escenario, tomar decisiones. Y, cuando se hace con calma, puede ofrecer oportunidades de exploración olfativa que difícilmente encontramos en un recinto cerrado.

El pipican puede aportar otras cosas. Libertad de movimiento, interacción social, juego, exploración. Pero no debería convertirse necesariamente en la única forma de salir. Un perro puede correr durante treinta minutos y haber recorrido físicamente mucho espacio sin haber tenido una experiencia especialmente rica. Otro puede caminar lentamente durante veinte minutos, olfateando, observando y tomando pequeñas decisiones, y volver a casa mucho más satisfecho.

Como ya vimos cuando hablamos de la importancia del olfato, el paseo no consiste únicamente en mover las patas, también consiste en conocer el mundo.

Hay un riesgo del que hablamos poco: la salud

Los parques caninos son espacios donde se concentran muchos animales. Donde hay muchos animales, también existe una mayor posibilidad de contacto con agentes infecciosos y parasitarios. Especialmente cuando hay heces en el entorno, agua compartida, suelo contaminado o una higiene deficiente.

Esto no significa que entrar en un pipican vaya a enfermar a nuestro perro, pero sí significa que existe un riesgo que debemos gestionar.

Por eso la higiene no es una cuestión secundaria. Recoger siempre las heces, evitar que nuestro perro beba de aguas potencialmente contaminadas, mantener al día las medidas preventivas recomendadas por nuestro veterinario. Especialmente, no llevar a un perro con diarrea, enfermedad infecciosa conocida o una parasitosis activa a un espacio compartido. La prevención también forma parte de la convivencia.

Entonces, ¿son buenos o malos?

La respuesta probablemente decepcione a quien busque una conclusión sencilla, depende. Depende del perro, del parque, del momento, de los individuos que estén dentro, de la densidad de perros, del estado emocional de nuestro compañero, de nuestra capacidad para observar, y de nuestra capacidad para marcharnos. Porque quizá esta última sea una de las habilidades más importantes, saber cuándo salir.

No esperar a que haya una pelea o situación desagradable. No esperar a que nuestro perro esté completamente sobrepasado. No esperar a que aparezca un gruñido. No esperar a que alguien tenga que intervenir. Si nuestro perro empieza a buscar distancia, evita interacciones, se queda bloqueado, intenta esconderse, se muestra excesivamente excitado o deja de poder regularse, podemos simplemente salir. No hemos fracasado, hemos observado y hemos tomado una decisión pensando en él.

Un buen pipican también depende de los humanos

Quizá el parque canino nos enseña algo que va mucho más allá de los perros. Nos enseña que compartir un espacio requiere responsabilidad. Recoger las heces, respetar las normas supervisar al perro, no llevar animales enfermos, evitar introducir recursos que puedan generar conflictos, intervenir cuando una interacción deja de ser equilibrada, no permitir que nuestro perro persiga sistemáticamente a otro, no interpretar un intento de huida como una invitación al juego. Y, sobre todo, dejar de utilizar la frase «son cosas de perros.»

Porque no todo comportamiento entre perros tiene que ser tolerado simplemente porque sean perros. También entre ellos existen límites y nosotros somos responsables de ayudar a respetarlos.

Quizá la pregunta correcta sea otra

Durante mucho tiempo hemos preguntado: «¿mi perro necesita ir al pipican?» Pero quizá deberíamos formularlo de otra manera. «¿Qué necesita mi perro?» Y después observar si el pipican puede satisfacer alguna de esas necesidades.

Quizá necesita correr, perfecto, busquemos un espacio seguro donde pueda hacerlo. Quizá necesita relacionarse con otros perros, podemos buscar compañeros compatibles y encuentros de calidad. Quizá necesita explorar, podemos ofrecerle paseos donde tenga tiempo para olfatear y conocer el entorno. Quizá necesita tranquilidad, entonces quizá un parque lleno de perros no sea la mejor opción. Quizá necesita recuperar confianza, entonces podemos buscar experiencias mucho más controladas. Porque el error aparece cuando convertimos una herramienta en una obligación.

No existe un perro que necesite «ser más perro»

Hay unas frases que escuchamos con frecuencia cuando un perro no disfruta de estos espacios. «Tiene que acostumbrarse.» «Que juegue y ya se le pasará.» «Necesita relacionarse más.»

Pero quizá no. Quizá no necesita aprender a soportar aquello que le incomoda. Quizá necesita que nosotros aprendamos a escucharle.

Un perro no tiene que disfrutar de todos los perros. No tiene que correr con desconocidos. No tiene que entrar en un recinto porque todos los demás entran. No tiene que demostrar que es sociable. Y tampoco tiene que permanecer dentro porque acabamos de llegar.

Puede entrar y salir, observar, olfatear, jugar, descansar… Puede decidir que ya ha tenido suficiente y nosotros podemos acompañar esa decisión.

El mejor parque canino puede ser aquel del que sabemos salir

Quizá al final todo se reduzca a una idea muy sencilla. Un buen tutor no es aquel que lleva siempre a su perro al pipicán, ni aquel que nunca lo hace. Es aquel que conoce a su perro lo suficiente como para saber cuándo ese espacio le aporta algo y cuándo no.

Que observa antes de abrir la puerta, que mira quién está dentro, que se pregunta cómo está su perro ese día, que entra cuando las condiciones son adecuadas, que permanece atento, que interviene si es necesario y que se marcha cuando el perro ya no está disfrutando.

Porque la libertad no consiste únicamente en quitar una correa, también consiste en poder elegir. Y para que nuestro perro pueda elegir, nosotros tenemos que estar suficientemente presentes como para ofrecerle alternativas.

Tal vez por eso el problema nunca haya sido realmente el pipican. El problema aparece cuando dejamos de mirar al perro que tenemos delante y empezamos a mirar únicamente lo que creemos que debería estar haciendo.

Un perro corriendo no siempre está feliz. Uno que se acerca no siempre quiere jugar. Uno que mueve la cola no siempre está contento. Uno que se queda quieto no siempre está disfrutando. Y uno que quiere marcharse no está siendo raro, está comunicándose.

Quizá nuestra responsabilidad no sea encontrar el parque perfecto, ni conseguir que nuestro perro juegue con todos, ni demostrar que tenemos un perro «sociable». Quizá sea algo mucho más sencillo, aprender a escuchar cuándo quiere quedarse y tener la empatía suficiente para dejarle marcharse cuando ya no quiere estar. Porque un parque para perros puede ser un lugar maravilloso, pero ningún parque será maravilloso si nuestro perro necesita escapar de él.

Ra Educación Canina en Úbeda
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